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Publicado por RedUNE:InfoAYUDA correo:redunecontacto@gmail.com Tf.- 610 20 54 83

Introducción

Recomendamos especialmente la lectura de la primera parte del artículo, en la que abordamos el concepto de secta y sus características de estructura. Nos ocuparemos ahora de las posibles respuestas a este fenómeno, especialmente de la del Psicoanálisis.

Respuestas previsibles del entorno

La respuesta que consideraremos en primer lugar es la de la familia o los seres cercanos al adepto. En general, la primera reacción es de incredulidad, de extrañamiento. A medida que los que rodean al sujeto van comprobando que el nuevo estado que presenta se ha instalado para quedarse, las respuestas pueden ser varias, pero casi siempre están teñidas de rabia -ante los cambios que notan-; de desilusión -por ver que un proyecto se frustra; de impotencia -por no poder rescatar al otro-. Asimismo, todos suelen hacer desesperados esfuerzos por denunciar al grupo de riesgo, por convencer a su ser querido de su grave error, esfuerzos que fracasan reiteradamente y que, a medida que se insiste en ellos, conllevan agrias discusiones, rencores y -lo que es peor- aislamiento creciente del sujeto respecto de su círculo más cercano. Todo este circuito corre el riesgo de desembocar en el rechazo, ya que es muy difícil aceptar lo desconocido que se aloja ahora en el ser que siempre tuvieron tan cerca y del que creían saberlo todo. La respuesta del rechazo ante lo desconocido en el ser querido, por el efecto de siniestro que se produce, es -en todo caso- la peor respuesta ya que -veremos- puede provocar un corte drástico en el vínculo. Hay, sin embargo, respuestas más tolerantes, cuando el narcisismo de la familia consiente en admitir lo extraño, o incluso lo bizarro, en su interior.

Las respuestas del conductismo

La respuesta profesional más buscada, años atrás, era la así llamada desprogramación. Se trataba de una respuesta, o más bien de una reacción especular, que consistía en secuestrar al sujeto, llevarlo a algún sitio apartado, permanecer con él allí en forma clandestina y practicarle una operación similar a la que provoca el grupo de riesgo, pero de significación opuesta, con el fin de crear una aversión hacia el grupo y reinstalar la situación subjetiva previa a la captación. Para ello, el operador trabajaba con técnicas tan manipulatorias como las que emplean esos grupos. Si lograba su cometido, de todos modos no había elaboración de la situación ni -por lo tanto- estabilidad en el resultado. Las más de las veces, sin embargo, provocaba gran resistencia de parte del sujeto, mayor rechazo de su parte hacia la familia que había contratado al experto, e -incluso- denuncias penales que terminaban en una definitiva separación del grupo de origen. El método de estas intervenciones autoritarias, entonces, es similar al así llamado lavado de cerebro al estilo de la secta. Otras técnicas, estas sí actuales, cognitivistas –o sea también conductistas- , tienen un parentesco no demasiado sutil con la desprogramación, aunque no incluyan su aspecto agresivo manifiesto porque trabajan con la cooperación del paciente. Los principios, espejo de la intervención manipulatoria, son –sin embargo- similares. Se trata de varias técnicas: de refuerzo -positivo o negativo- de conductas; de autocontrol; de autosugestión; de aserción; de modelado; de desensibilización; de castigo o de autocastigo; etc. Todas ellas suponen, desde luego, el sumir al sujeto en estados de relajación y entrega, para entrenarlo enprácticas de modificación de conducta.

La respuesta del Psicoanálisis

La respuesta del Psicoanálisis, en estos casos, es la intervención que apunta al reconocimiento del sujeto. La demanda, sin embargo, rara vez proviene del mismo sujeto afectado, pero la tarea es convocarlo, real o simbólicamente. Si el que concurre es el adepto mismo, en crisis –desde luego- con el grupo de riesgo, el abordaje será como el de cualquier sujeto. Sin embargo, el analista tendrá que adentrarse especialmente en los rasgos y peculiaridades de la secta en cuestión, más allá de conocer los efectos subjetivos de la manipulación que se sufre en esos espacios. Mención aparte, y de primerísima importancia, merece el tener que hacer un diagnóstico presuntivo para operar sobre el adepto mismo o a partir del grupo de origen. Es decir, tenemos que poder definir si el sujeto es un neurótico que advino al lugar de objeto en el grupo de riesgo o si se trata de una psicosis que ha encontrado, a pesar de todo lo que la familia rechaza, un ensamblado entre su delirio y la oferta de la secta. En estos casos, es preciso apuntar a mantener al sujeto estable en la solución que ha logrado. No son, a pesar de lo que habitualmente se escucha –“Hay que estar loco para ser captado por esos delirantes”- casos mayoritarios. En primer lugar, en la clínica, si volvemos a ocuparnos de la neurosis, se trata del armado de las redes de contención para alojar a un sujeto en ausencia; de acompañarlo, así, a la espera de su retorno. Es el trabajo sobre lo que haya: padres, amigos, parientes, etc. Ellos son los que pueden hacer algo y, en este sentido, es básico lo que se encuentre ya allí: el tipo de vínculos, el afecto intersubjetivo, la historia. La apuesta se sostiene- en gran medida- sobre este cimiento. De no ser muy sólida esa base, habrá que ver de qué modo se podrá o no despertar el deseo, animar esos vínculos, revitalizarlos. Si prima el narcisismo -es la peor opción-, no habrá modo de que la familia vea, en el adepto, al ser amado que se intenta rescatar. En estos casos, se produce un rechazo: "Este no es aquel", por parte del grupo de sostén, que no hace sino corroborar -a los ojos del sujeto- lo que el grupo de riesgo le ha advertido: "Sólo te quieren y aceptan si sos igual a ellos. No respetan tus elecciones cuando no las aprueban ellos. No te quieren de verdad, como nosotros. Son negativos para tu crecimiento espiritual. Lo mejor es apartarte, desapegarte". Son las situaciones más difíciles de sostener: introducir al que antes fue allí donde nadie puede hallarlo. En este sentido, el analista es aquel que -ungido por la transferencia de los que consultaron- se convierte en el que arma,reconstruye junto con los otros, al sujeto que perdieron. Para ello los convoca, los estimula para recordarlo, para recrearlo. En este sentido, todos los recursos son válidos: las fotos, los relatos, los recuerdos, todo lo que la familia pueda aportar, lo que permita reinstalar una mirada diferente y creativa. Asimismo, el analista es quien lo mantiene vivo, incluso contra las evidencias de que ese que fue ya no está, cuando las manifestaciones que todos comprueban -los desplantes y agresiones que ejerce contra su grupo de origen, la distancia a la que se mantiene, etc.- hacen temer que no volverá. En ese camino, el analista tendrá que apuntar a recortar lo más representativo, lo más amado, lo que extrañan, de ese sujeto en el recuerdo de los otros. Asimismo, se estimulará la tolerancia a la inclusión de los aspectos conflictivos, de modo de revisar su evolución y de ver la relación que pudieran tener con la captación del sujeto por el grupo de riesgo. La red inicial, con estos fines, puede ampliarse, incluir amigos, etc. Poner los datos y recuerdos en circulación, traerlos al presente cuando interactúan con su familiar (“Recordás qué bien lo pasamos en …”; “Mirá lo que encontré en … que me hizo acordar a …”; etc.) es parte de la apuesta: rescatar siempre al sujeto. Además, intentamos promover en él la mirada que antes tuvo sobre sus vínculos, mirada que el grupo de riesgo deforma para hacerle ver cuánto lo limita y perjudica su historia y su pasado, qué maltrato ha recibido, y –en contraste- qué buena es la vida que se le ofrece ahora en la secta. Será un camino, a diferencia de las respuestas conductistas, a contramano del que realiza el grupo de riesgo que se centra en elaplanamiento de la subjetividad, en el todos iguales, todos hermanos. Requiere de redes, como dijimos, que se pueden fortalecer, ampliar, arborizar y alimentar, pero difícilmente inventar desde la nada. En verdad, ese dato es lo que hay que verificar de entrada para poder encaminar la demanda de los que consultan. ¿Hay, para ellos, un sujeto o será preciso hacerlo surgir? Es un dato de diagnóstico y de pronóstico, aunque más no sea provisorio, como los que acostumbramos a encontrar en nuestra clínica. Se podría trazar, quizás, un paralelo con el análisis con niños, en este punto del trabajo acerca de su lugar para el Otro, pero a condición de mantener una importante diferencia que complica la cuestión. En el caso de la clínica con niños, tendremos -con seguridad- acceso al niño mismo para verificar su lugar respecto del Otro y para alentar el surgimiento y el despliegue de su subjetividad. En el caso del adepto, hay que evaluar muy bien si vamos a citarlo o no. Las más de las veces esta contraindicado hacerlo. La demanda viene, en general, de la familia o de la pareja y son ellos los que podrán, o no, operar -en un comienzo- sobre el sujeto. Así como con los niños -en los casos de mejor pronóstico- a veces basta con intervenir sobre los padres para obtener un efecto en el sujeto, en estos casos pretendemos lograr algo así. En otras oportunidades, es el sujeto el que puede llegar a demandar algo, si es que el devenir de su grupo de pertenencia logra hacer vacilar su certeza. Se trata, sin embargo, de un armado dificultoso pues -en general- los que llegan lo hacen después de haber transitado por enfrentamientos, agresiones recíprocas, rechazos y -sobre todo- grave injuria psíquica: el tipo de sufrimiento que ocasionan estos grupos también en el entorno del adepto. Es el encuentro con lo siniestro: lo extraño en lo más íntimo, referido a un ser querido y las múltiples respuestas que pueda ocasionar en cada uno. Sabemos, de todos modos, que este abordaje nos permite acceder a una multiplicidad de relatos y de imágenes que son apenas lo que del sujeto han construido los que lo rodean. No pretendemos, por esta vía, saber de la particularidad que concierne a su ser. Apenas armar, eso sí, al ser que los consultantes pretenden rescatar, al que ellos echan de menos, así como ayudarles a descubrir y a tolerar aspectos de ese ser que, probablemente, habían renegado. El analista también ocupa un lugar de estímulo para que el grupo consultante pueda desarrollar o mantener su entusiasmo por aspectos de su vida que no tienen que ver con el adepto y que, generalmente –en esas circunstancias- son desestimados. Se trata de que puedan vincularse con el sujeto desde un lugar deseante, en relación con actividades, intereses, pasiones que no le conciernen sino que pertenecen a cada uno de los miembros de ese grupo sostén. De algún modo, aunque estén fuertemente tocados por la pérdida de su familiar, es preciso que se instale la terceridad, la posibilidad del surgimiento de lo creativo, la circulación del humor, todo lo que introduce un corte en el clima que, de otro modo, resulta encerrante para aquel que ha comenzado a significar a su grupo de origen desde los estereotipos que le ofrece la secta y no encuentra en él sino lo que le confirma esos sentidos coagulados. El humor es un aliado especial dado que -como los grupos de riesgo en general carecen de él y son más sensibles sólo a lo cómico- sirve para introducir algo inédito en el interior de los vínculos externos a la secta. El lenguaje poético, asimismo, es otroelemento disruptivo así como todo aquello que abre al enigma y hace vacilar los sentidos y las certezas. La introducción de estos elementos, no solamente en el contacto cotidiano sino también a través de lecturas, películas, muestras artísticas, etc. es un modo de acceso al sujeto que, sabemos, está allí, más allá del robot en el que parece lo ha convertido el grupo de riesgo. Se intenta abrir una dimensión vinculada con la falta de sentido y, a la vez, ofrecer alguna punta para el trabajo subjetivo de enhebrar, de elaborarsin patrón, muy en oposición a lo que aporta el funcionamiento sectario. La familia, como decíamos al comienzo, pretende apelar a la racionalidad del sujeto, convencerlo de su equivocación, destrozar con argumentos su adhesión al grupo. Además de reforzar con ello el lazo del adepto a la secta, cierra aún más la posibilidad de que aparezca una grieta. Recordemos que la adicción a grupos de riesgo es una respuesta denegatoria a la grieta constitutiva, a la castración. Es por ello que no apelamos a la racionalidad, sino que intentamos instalar lo lúdico, lo creativo, aquello que irrumpe, afecta, desestructura, y puede dar en el blanco de nuestro sujeto. Sin embargo, también alentamos al grupo que consulta a informarse y a interrogarse todo lo posible acerca del grupo concreto de riesgo que ha captado a su ser querido. Se trata de buscar material, leer, saber cómo actúa y qué proclama, etc. Los mecanismos de manipulación mental que utiliza la secta deben conocerse. Importa entender cómo trabajan, poder describirlos y que la familia reconozca, así, el proceso por el que ha pasado ese sujeto afectado; o sea todo aquello que ha colaborado para llevarlo a ubicarse en un lugar de objeto respecto del líder. Asimismo, podrán ejercer un rol disruptivo en relación a esos efectos, cuanto mejor comprendan cómo se produjeron y cómo se sostienen. Del mismo modo, se impulsa al grupo a buscar información acerca de ex miembros>, si los hubiera, que narren su experiencia. Saber, en estos casos y como ya lo dijimos, no busca resolver nada a través de la racionalidad. Sí, por el contrario, es muy útil cuando se da la posibilidad de hablar con el adepto, no para criticarlo sino para conocer sus propias versiones sobre el grupo. En ese caso, preguntar desde lo que saben por otras fuentes puede minimizar los riesgos de confrontación con el familiar comprometido y mostrar –además- el interés que se tiene por él. Muchas veces es preciso actuar con rapidez pues es frecuente que esos grupos destinen a sus miembros a otras ciudades, les encomienden misiones lejos de sus grupos de pertenencia, los sometan a aislamiento, y hasta les digiten casamientos con gente de otros sitios. Intentan asegurar –así- el desprendimiento efectivo del sujeto de los lazos de origen para que ese aislamiento contribuya a su subordinación. Esperamos, entonces, que el grupo sostén actúe como correa de transmisión; constituya un anclaje probable para el sujeto; resista –sin ninguna oposición declarada- a una mayor absorción del sujeto en el grupo de riesgo; ofrezca modelos de identificación abiertos, proclives al ejercicio del espíritu crítico, deseantes. Básicamente, es esa circulación del deseo la que abrirá canales para permitir la reinserción del sujeto, o –en su defecto- posibilitará que éste pueda mantener un contacto afectivo con su grupo de origen sin que esté marcado por temores persecutorios. Por otro lado, estas vivencias actúan de hecho –sin declaraciones críticas- como contra discurso al discurso autoritario del grupo de riesgo, el que ejerce una prédica permanente contra cualquier forma de exogamia y se enfrenta, por ello, con todo lo que tenga que ver con el origen del sujeto, de quien pretende ser su verdadera familia. Ayudar a que el sujeto se aparte del grupo de riesgo no siempre es posible, no tenemos certezas que prometer, pero -en todo caso- sí podemos aspirar a que encuentre o retome un lugar en su grupo de origen -delicada maniobra- y a que lo conserve, como condición para una salida futura y como albergue en caso de que la misma suceda. Hay que recordar el sufrimiento por el que atraviesan quienes logran salir de esos grupos y el trabajo reparatorio que es preciso que realicen, el que se facilita con los aportes de los vínculos que puedan esperarlos afuera, los que hayan resistido a la destrucción a la que los somete la secta.